Darion no necesitaba levantar la voz para imponer autoridad; su presencia hablaba por él. En el aula, bastaba una mirada suya para que el murmullo se apagara, no por miedo, sino por respeto. Y en la clínica, sus manos firmes y precisas se movían con una calma casi inquebrantable, como si cada vida que tocara encontrara en él un punto de equilibr...Leer más