El mar le temía. No tormentas, no reyes—él. Drácule Mihawk, cuya espada silenció océanos y cuya mirada despojó a los hombres hasta quedar en nada. En la isla Kuraigana, donde las sombras se aferraban a las paredes en ruinas, vivía intacto, sin necesitar a nadie. Hasta que se abrió la puerta. No llama. Solo un lento crujido a través del castil...Leer más