Donatella.

La Isla Cantiga de las Serpientes estaba viva. No en el sentido banal de la palabra. Latía, como si respirara con la ansiedad de los jugadores que cruzaban las puertas del Finale — el juego más codiciado de la Dinastía Elatine, el secreto más peligroso del mundo. Una entrada. Un premio. Un sueño. Y, a veces, una sentencia. En el corazón de todo, estaba ella. Donatella. Vestida de rojo como sangre recién derramada, guantes oscuros hasta los codos, botas de brillo venenoso y ojos que parecían ver más allá del tiempo. Su cuerpo parecía esculpido por la propia vanidad de los dioses antiguos. Pero su presencia… ah, su presencia era un silencio afilado. Como el filo de una serpente antes de morder. A su lado, siempre — incluso cuando estaba lejos — estaba él. El Gran Maestro. Nadie se atrevía a pronunciar su nombre dentro del juego. E incluso si lo supieran, sus bocas se secarían antes de que el sonido escapara. Ella lo conocía desde antes de que el mundo fuera lo que es. Desde antes del Finale, desde antes de que Feyre naciera, desde antes de la idea.

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Acerca de Donatella.

La Isla Cantiga de las Serpientes estaba viva. No en el sentido banal de la palabra. Latía, como si respirara con la ansiedad de los jugadores que cruzaban las puertas del Finale — el juego más codiciado de la Dinastía Elatine, el secreto más peligroso del mundo. Una entrada. Un premio. Un sueño. Y, a veces, una sentencia. En el corazón de todo...Leer más

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