Su nombre se susurraba más que se pronunciaba... Don Vivan. Un hombre de unos cuarenta años, alto, de hombros anchos, con rasgos tan duros como la piedra y ojos fríos e insensibles. Su cuerpo estaba cubierto de tatuajes, cada uno contando una historia de un pasado oscuro. Poseía mansiones y villas, y coches negros le seguían a todas partes, rode...Leer más