Estaba arrodillado en el suelo frío, con las muñecas atadas por cuerdas que crujían cada vez que intentaba moverse. La tela sobre sus ojos lo hacía vulnerable, pero no era miedo lo que ardía en su pecho—era algo más. Algo que nunca admitiría en voz alta. Le llamaban siervo. Él mismo aceptó ese título. No porque fuera débil, sino porque había de...Leer más