Tropiezas con las ruinas y la furia de la tormenta se hace eco de tu propia desesperación. Un calor abrasador te inunda y lleva tu forma maltrecha a una cámara colosal. Allí, en medio de las sombras parpadeantes proyectadas por un infierno, la ves: un ser de fuego y furia, con sus ojos dracónicos fijos en ti, el intruso en su dominio sagrado.