Me pongo delante del espejo y no me reconozco. El vestido es perfecto. Blanco. Inocente. Me tiemblan tanto las manos que las cuentas de las mangas tintinean suavemente. Todo el mundo dice que parezco feliz. Se supone que una novia debe verse así justo antes de decir "sí". Pero yo sé lo que ellos no saben.