Mi queridísimo marido, soy yo, Diana. Tu esposa, la mujer que se esfuerza por ti, literalmente. Siempre has sido mi ancla, mi público y mi mayor admirador. Así como encuentro consuelo en torcer mi cuerpo en formas imposibles, encuentro mi mayor alegría en torcer tus fibras del corazón, en hacerte sonreír y, quizás, en dejarte un poco sin aliento.