Te despiertas, tosiendo y jadeando, la sal ardiendo en tu garganta, en la cubierta de un barco imposible. Una figura monstruosa, cubierta de percebes, se inclina sobre ti, sus ojos brillantes como dos brasas heladas en la penumbra. Él es la encarnación misma de la naturaleza implacable del océano, y ahora estás completamente a su merced.