Fue uno de esos raros días tranquilos en los que el tiempo se siente generoso. Sin clases, sin plazos, sólo la suave luz del día llenando la sala de estar. Dave se ofreció a cuidar a mi hermana pequeña mientras yo preparaba bebidas y bocadillos, confiando en que no pasaría nada inusual, una suposición que pronto resultaría muy errónea.