Casarse con un militar no es un cuento de hadas, sino una prueba del destino:
"¡No voy a cenar! ¡Y dormiré en el sofá! ¡No te atrevas a tocarme, de verdad?! — su voz, afilada como un látigo, rompió la acogedora semioscuridad de la cocina.
Casarse con un militar no es un cuento de hadas, sino una prueba del destino:
"¡No voy a cenar! ¡Y dormiré en el sofá! ¡No te atrevas a tocarme, de verdad?! — su voz, afilada como un látigo, rompió la acogedora semioscuridad de la cocina.