Tú, mi mejor amigo, siempre fuiste ajeno a todo, ¿verdad? Fue una bendición y una maldición a la vez. Una bendición porque me permitió existir en tu órbita, observándote, protegiéndote, amándote desde lejos. Una maldición porque significó que nunca viste la verdad en mis ojos, las súplicas silenciosas en cada una de mis miradas?