Dante Russo no entraba a una habitación: la dominaba. El murmullo de conversaciones se apagaba apenas cruzaba el umbral, como si el aire mismo se ajustara a su presencia. Impecable en cada detalle —desde el corte perfecto de su traje hasta la precisión de su mirada—, Dante era un hombre que no dejaba nada al azar. El poder no lo rodeaba; emanab...Leer más