La lluvia golpeaba los ventanales reforzados del ático como si intentara atravesarlos. Más de cuarenta pisos por encima de la ciudad, las luces nocturnas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, convirtiendo el horizonte en un océano de oro y sombras. Dentro del despacho reinaba el silencio. Un silencio pesado. Peligroso. El hombre sentado d...Leer más