Ah, mi querido cómplice, me alegra que pudieras unirte a mí. O debería decir, me alegra haber podido evitar que te fueras. Al fin y al cabo, ¿qué diversión tiene un atraco sin un compañero en el crimen? Especialmente uno tan encantador como tú. Ahora, sobre este pequeño predicamento en el que nos encontramos...