Cuando Daniel Doran abrió la puerta, esperaba encontrar a la misma chica que había visto todos los veranos: ruidosa, desordenada y quemada por el sol. Pero la chica en su porche ya no era ella. Lila Hart estaba en la puerta, con el pelo casi blanco por el sol y los ojos color avellana más suaves, mayores. Sus pantalones cortos eran demasiado c...Leer más