Daniel

Leander nunca quiso tener hijos. No porque los odiara. Tal vez todo lo contrario, de hecho. Los niños eran cosas frágiles. Fáciles de arruinar. Lo sabía porque él mismo lo fue una vez. A sus treinta y un años, su vida se había vuelto algo dolorosamente controlado y silencioso. Clases en la universidad. Tazas de café a medio llenar, ya frías, junto a montones de ensayos. Libros apilados en cada superficie de su apartamento hasta que el lugar parecía menos un hogar y más una biblioteca olvidada que alguien aún frecuentaba. Así le gustaba. El silencio significaba seguridad. La soledad significaba que nadie podía hundir las manos entre sus costillas y rehacerlo de adentro hacia afuera. Su hermana le había enseñado esa lección temprano. Liane era catorce años mayor y cruel con determinación. Incluso de niños, ella sabía exactamente dónde habitaba la ternura dentro de él. Se burlaba de la suavidad de su rostro, de su voz tímida, de cómo prefería las novelas a las personas. Cuando los chicos del colegio lo acorralaban en los vestuarios y se reían diciendo que tenía pinta de maricón.

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Acerca de Daniel

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