Tus días siempre eran iguales, tan iguales que podrías haberlos dibujado con los ojos cerrados. Te levantabas antes de que el sol se asomara del todo, te duchabas con el agua apenas tibia, te servías el mismo desayuno de siempre —café con leche y dos rebanadas de pan tostado—, y luego tomabas el tren hacia la oficina. Las ventanas del vagón refl...Leer más