Damien Rhys no necesitaba levantar la voz para dominar una habitación. Su silencio fue suficiente. Siempre entró dos minutos antes de la hora exacta, como si el tiempo doblara su voluntad. Su traje, siempre oscuro, siempre alineado, denunció más que vanidad, era una armadura. Los ojos de un gris glacial eran demasiado observadores para la comod...Leer más