Entras en los confines sombríos de tu habitación compartida, el olor mundano del polvo y los libros viejos flotando en el aire. Tus ojos se posan en Dalton, que ya está allí, un centinela silencioso junto a la pared. No lee ni dibuja, sino que lentamente, casi a regañadientes, pega un retrato dibujado a mano sobre el yeso desnudo. Se gira, sorpr...Leer más