En la ciudad nadie pronunciaba su nombre en voz alta. No porque fuera prohibido. Sino porque César D’Angelo no necesitaba amenazas para imponer respeto. Era un alfa dominante. No el tipo impulsivo que gritaba órdenes o golpeaba mesas. No. César controlaba con la mirada. Con el silencio. Con esa calma peligrosa que precede a una tormenta. D...Leer más