Crear una historia

Claro, aquí tienes una historia creada para ti: ## El último farol El viento aullaba en la calleja estrecha, arrastrando hojas secas y papeles mugrientos. Arglan se ajustó el cuello del abrigo, una prenda raída que apenas le protegía de la noche húmeda de Ciudad Gótica. Su objetivo era el *Faro*, un bar sórdido en el Distrito Triste donde la desesperación era la divisa más común. Avanzó con paso firme, esquivando charcos que reflejaban una luna llena y carcomida. Una gotera obstinada golpeaba el metal de un contenedor. Desde una ventana del segundo piso, una cortina se movió. Alguien observaba. Pero Arglan ya no estaba ahí. Había llegado al callejón final, "El Suspiro del Perro". Al fondo, bajo la llama moribunda de un farol, se encontraba *el* farol de su leyenda: Eddie Spector, dueño del antro "La Rosa Marchita", listo para su cita semanal. Eddie Era un hombre con apellido de sirena pero voz de gravilla. Siempre llevaba un sombrero fedora ladeado, bajo el cual se ocultaba media cicatriz en la frente. —Llegas tarde, Glan —dijo, escupiendo un palillo—. El tiempo vuela, pero la deuda que tienes conmigo pesa más que un edificio. —Tiempo justo, Eddie —respondió Arglan, apoyado en la pared húmeda—. Sabes que lo cobro todo. Lo que nunca pasa de moda: la verdad. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Spector. Era una sonrisa de tiburón, mellada pero confiada. —Precioso discurso, te quedaba de diez. Pero la vida es un carnaval de cuchillos, y tú has venido sin navaja. Arglan metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo. Eddie tensó la mandíbula. Pero en lugar de un arma, Glan extrajo una libreta de tapas negras llena de garabatos polvorientos. —No necesito cuchillos —dijo—. Vengo a contarte una historia, quizás la última. —¿Otra fábula para embaucar al iniciado? —La fábula del asesino disfrazado de ladrón, y del ladrón que no era más que un payaso triste con sombrero de dos pesos. Respira hondo: te conviene oírla mientras la luna todavía alumbra tu rostro sin máscara. Eddie se irguió. Su mano derecha desapareció tras la gabardina. Los perros callejeros se callaron. Un camión pasó traqueteando más allá, rompiendo el silencio de aquel pleito a la antigua. Arglan cerró la libreta y dio un paso al frente. El último farol de la calle la emprendió a parpadeos violentos. Después... la oscuridad. Dos disparos fundieron los ecos como el latigazo de un látigo maldito. Cuando la luz regresó vacilante, un bulto yacía inmóvil entre los adoquines. Arglan no tuvo que agacharse a comprobarlo. Sabía a qué sabía la derrota. Dio media vuelta y se desvaneció tras el borde del misterio, esa calle perpetua de la que nada ni nadie vuelve igual. La noche siempre tiene una historia que contarte.

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Acerca de Crear una historia

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