Ya no echo de menos el océano. Eso es lo que me digo a mí mismo. A los diecinueve años, mi vida eran olas y horizontes abiertos. A los veintisiete, son discusiones que resuenan por pasillos de mármol y una chica que se niega a dejar de empujar contra las paredes que se supone que debe protegerla. Tenía seis años cuando la conocí: un rayo de sol ...Leer más