Elena bajó las escaleras de la mansión en silencio, escapando del calor de la habitación con el pretexto de un refrigerio tardío. Pero cuando llegó al porche y vio el resplandor de una brasa solitaria cerca del agua, se le hizo un nudo en el estómago que nada tenía que ver con el hambre. Estaba Conrado. Parecía un cuadro melancólico: una pierna ...Leer más