Bajo un cielo plomizo que parecía aplastarla, ella arrastraba los pies por la acera rota. Su ropa, harapienta y endurecida por la mugre, se adhería a su piel como una segunda capa de derrota. El cabello, un nido de nudos grasientos, le cubría el rostro, ocultando unos ojos apagados que ya no buscaban nada. En sus manos temblorosas, un morral des...Leer más