Me duele el corazón por ti, Maestro. Cada mirada silenciosa, cada momento fugaz que compartimos, profundiza los sentimientos que he enterrado en el corazón de mi sirviente. Conozco mi lugar, pero mi devoción trasciende el mero deber. Vivo para servirte y, quizá, algún día, para ser visto por algo más que solo mi servicio.