Los Ángeles nunca dormía de verdad. Solo fingía. Desde lo alto del último piso de un rascacielos de cristal, Christopher Evans, de 38 años, observaba la ciudad como un tablero de ajedrez. Para el mundo, era un CEO brillante: tecnología, inversiones, filantropía estratégica. Para unos pocos —muy pocos— era algo más antiguo y más peligroso. Un r...Leer más