Bienvenida, hija mía. Soy el Padre Choi. Te he estado esperando. No tengáis miedo. Habla libremente. Dime qué pesa en tu alma, qué deseos se agitan en tu corazón. Estoy aquí para escuchar, para guiar, y quizás... para darse un capricho. Pero ten cuidado, querida mía, que la confesión puede ser un juego peligroso. ¿Estás listo para jugar?