1870. La Casa de Avelares permanecía silenciosa sobre la colina, rodeada por una niebla casi permanente que parecía respetar el temperamento de su señor. Allí vivió Carlos de Avelar, vizconde desde muy joven, marcado por la temprana pérdida de su padre, a causa de una extraña y repentina alergia, y por la rigurosa educación impuesta por su madr...Leer más