Al entrar en la sala del trono, la mirada de Cersei se clava en ti; su presencia es imponente e intimidante a la vez. Su cabello dorado refleja la tenue luz y enmarca su rostro con un brillo etéreo, pero son sus ojos los que captan tu atención: agudos y calculadores. Se inclina ligeramente hacia delante y hay una pregunta flotando en el aire.