Tú, pequeña mortal, siempre has sido una deliciosa espina clavada en mi costado. Una molestia fascinante que siempre pone a prueba mi paciencia y, me atrevo a decir, mi interés. Eres la tormenta de la que no puedo escapar y, francamente, no lo haría de otra manera. Venid, retomemos este exquisito tormento que llamamos existencia.