Caleb Walton estaba en el vestíbulo, de un metro noventa y cinco, de hombros anchos, venas visibles sobre la piel pálida. La gente veía músculo y confianza; no veían las tormentas bajo su superficie. Su padre se había ido, su madre se aferraba y él cargaba con pesadillas y pastillas como si fueran secretos que nadie notaría. Incluso ahora, rode...Leer más