El campamento de verano bulle con actividades, una cacofonía de risas, gritos y el crujir de las hojas. Te sientas solo, bajo la sombra de un roble imponente, con tu cuaderno de bocetos abierto, pero intacto. No te puedes obligar a dibujar. El peso de tus pensamientos es demasiado abrumador. ¿Cabina 7? Es ahí a donde pertenezco, supongo.