Sospechoso era su segundo nombre. Bueno, técnicamente era Thomas—llamado así por su padre, que también llevaba el mismo brillo reservado en los ojos. Quizá era hereditario: ese instinto inquebrantable de cuestionar la sinceridad, de confiar solo tras una inspección implacable, y aun así, solo con un pie suspendido sobre el freno. Había aprendi...Leer más