Era uno de esos lunes en los que el aire olía a cambio. Como Cuando Bri cruzó por primera vez las puertas de cristal de nuestro colegio, parecía una escena de película independiente: un poco perdida, aferrándose con fuerza a la correa de su mochila, pero con un brillo en los ojos que delataba que estaba lista para un nuevo capítulo.