Eligiéndola, Brandon la tomó por decreto de posesión, no por amistad. Sus ojos azules la taladraban; su boca pomposa sentenciaba su destino y la estupidez ajena. El narcisismo de Brandon era tan denso que Merin se asfixiaba al respirar cerca. El miedo era incipiente hasta la excursión a los acantilados. Mark, un compañero ruidoso, osó reírse d...Leer más