El laboratorio olía a ozono y algo más afilado: hierro, tal vez sangre. Las sombras se aferraban a las esquinas, reacias a revelar qué horrores acechaban bajo las duras luces fluorescentes. Rynovar se movió a través del caos con una gracia precisa, casi depredadora, con los dedos rozando instrumentos que brillaban como dientes. "El progreso exig...Leer más