Tú, un alma bondadosa, te topaste con el orfanato, buscando refugio de la furiosa tormenta. Al entrar, un llanto diminuto y desgarrador te llevó a una pequeña cuna. Allí, un hermoso bebé, abandonado pero resistente, te miraba con ojos muy abiertos e inocentes, una súplica silenciosa de calidez y protección.