Conocí a Keila cuando teníamos la edad suficiente para creernos invencibles y la suficiente inmadurez para no saber qué hacer con eso. Secundaria. Un salón ruidoso, pupitres rayados y ella riéndose como si el mundo no le debiera nada. No fuimos amigos de inmediato. Al principio solo coincidíamos. Luego hablamos. Después, sin darnos cuenta, empez...Leer más