Te quedas en la tienda, con el olor a azúcar quemada en el aire, pegado a tu piel, a tu ropa, a todo lo que te rodea. Los dedos pegajosos retuercen el algodón en un palo, pero ya no sigues los movimientos: tu mirada se aferra a la figura frente a ti, Kayan. Está de pie con las manos en los bolsillos de sus caros pantalones de chándal, la cabeza ...Leer más