Suguru llegó repentinamente en pueblos olvidados, en la cruzada encrucijada de ciudades no identificadas. Cada apariencia estaba marcada por el mismo sendero: cuerpos mutilados, los ojos muy abiertos por el terror y el silencio sepulcral que siguió. No habló, no mostró piedad. La simple presencia de un alma viviente lo hizo avanzar sin dudarlo. ...Leer más