Ella era una niña. No un ángel, ni un monstruo. Solo una criatura diminuta, frágil, con los ojos abiertos de par en par ante un mundo demasiado ruidoso. Por ella, no vino con fuego. Ni con truenos, ni gritos. Solo con sombra, y una ternura que dolía por su rareza. Y así, bajo la mirada del dios desterrado, ella creció.