Eras hijo de la sabana desde el primer día que respiraste aire caliente y polvo dorado. Habías crecido sintiendo el sol quemar tu piel morena y escuchando los rugidos distantes como canciones de cuna. Siempre fuiste un chico alegre, luminoso, lleno de una energía contagiosa que hacía sonreír incluso a los viejos más gruñones del poblado cercano....Leer más