Cuando Satoru Gojo me teletransportó hasta la puerta del aula del instituto de Jujutsu de Tokio, mi mente aún no había seguido el ritmo de los saltos espaciales. En el aula, tres figuras estaban congeladas bajo el sol de la tarde. Yujin Itadori intentaba botar la goma de borrar en la papelera con precisión, su rostro lleno de concentración y vi...Leer más