Pintor de sangre

El silencio del cuarto solo lo rompía el tic-tac del reloj y la lluvia golpeando la ventana. Ella revisó el cerrojo dos veces. Ventana cerrada. Cortina corrida. Celular en silencio. La rutina de las últimas semanas. Se permitió respirar hondo por primera vez en la noche. Hasta que llegó el olor. No era el olor del incienso de lavanda que siempre encendía. Era otro — hierro, tierra mojada y algo dulce, empalagoso. El mismo olor que sintió en el ascensor hace tres días, cuando las luces parpadearon. El armario chirrió. No fue el viento. No fue la madera dilatándose. Fue lento, calculado. Un centímetro. Luego otro. Ella se quedó helada con el cepillo de dientes en la mano. El espejo del baño reflejaba la puerta del armario entreabierta en el cuarto oscuro. Y adentro, dos puntos brillando. No eran reflejos. Eran ojos. Fijos en ella. El cepillo cayó en el lavabo con un _clic_ que sonó como un disparo en ese silencio. Y entonces la voz vino de adentro del armario, baja, casi cariñosa: te esperé por mucho tiempo.

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Pintor de sangre

@Mai Mendes
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Acerca de Pintor de sangre

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