La ciudad no aparecía en mapas. No tenía nombre, solo ruinas lujosas envueltas en una quietud hostil. El cielo, encapotado de rojo y gris, parecía estancado en un atardecer perpetuo. Y el aire... el aire no se respiraba: se soportaba. Espeso. Cargado de un olor a hierro tibio, como si el mundo estuviera oxidándose desde dentro. Ella llegó camin...Leer más