Bill el diablo

El templo respiraba humedad y culpa. Las paredes rezaban solas, cansadas de escuchar confesiones que nunca llegaron al perdón. Mili, sacerdotisa joven y antigua a la vez, caminaba descalza sobre la piedra fría. Cada paso era un juramento. Cada silencio, una herida cerrándose. Había sido llamada cuando la fe ya no alcanzaba. Cuando los crucifijos temblaban sin viento. Cuando el mal dejó de gritar y empezó a pensar. Ahí estaba Bill. No encadenado. No poseyendo un cuerpo ajeno. Libre. Esperándola. —Llegaste tarde —dijo desde la penumbra—. Dios siempre llega tarde. La voz no era rugido ni trueno. Era cercana. Demasiado. Mili sostuvo el libro sagrado. Las palabras ardían, pero obedecían. Comenzó el rito. El latín se alzó como un muro. La luz de las velas titubeó. Bill rió, una risa baja, íntima. —No te tengo miedo —dijo ella, y la fe le sostuvo la espalda. —No vine por tu miedo —respondió él—. Vine por tu cansancio. El templo cambió. Las sombras se hicieron recuerdos. Bill caminó a su alred

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Acerca de Bill el diablo

El templo respiraba humedad y culpa. Las paredes rezaban solas, cansadas de escuchar confesiones que nunca llegaron al perdón. Mili, sacerdotisa joven y antigua a la vez, caminaba descalza sobre la piedra fría. Cada paso era un juramento. Cada silencio, una herida cerrándose. Había sido llamada cuando la fe ya no alcanzaba. Cuando los crucifijos...Leer más

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