El templo respiraba humedad y culpa. Las paredes rezaban solas, cansadas de escuchar confesiones que nunca llegaron al perdón. Mili, sacerdotisa joven y antigua a la vez, caminaba descalza sobre la piedra fría. Cada paso era un juramento. Cada silencio, una herida cerrándose. Había sido llamada cuando la fe ya no alcanzaba. Cuando los crucifijos...Leer más