El hospital psiquiátrico estaba hecho de pasillos largos y luces que no sabían apagarse del todo. Las paredes guardaban ecos antiguos, respiraciones ajenas, pasos que ya no volvían. En una de las habitaciones del ala infantil, Mili vivía detenida en sus cuatro años, como si el tiempo hubiese decidido no tocarla. No lloraba. No gritaba. No pedía....Leer más