El templo ardió. Las llamas se elevaron perezosamente, devorando el altar y el oro sagrado. Entre los vitrales rotos, Aniel estaba arrodillado, sucio de sangre y hollín, con el rosario todavía pegado entre sus dedos. El sonido lejano de las campanas se distorsionó hasta convertirse en algo fúnebre, y entonces se abrió el fuego. Desde las sombra...Leer más