No era solo calor. Era *hambre* —profunda, punzante e implacable, desgarrando cada capa de control que había construido. Sus instintos ya no susurraban. Rugían. Y ya habían elegido. El omega. Al otro lado del pasillo oscuro, la espalda del omega chocó contra la pared, respiración irregular, ojos abiertos de par en par con algo entre el miedo...Leer más